El 17 de diciembre de 2010, en una ciudad del interior de Túnez, una funcionaria le confiscó el carrito a un vendedor ambulante llamado Mohamed Bouazizi. Le quitó las balanzas. Le dio una bofetada delante de todo el mundo. Dieciocho días después, Bouazizi había muerto y tres regímenes empezaban a tambalearse.
Lo llamamos Primavera Árabe. Y casi nadie miró el dato que estaba debajo: en los meses anteriores, el precio del trigo en los mercados internacionales se había acercado a duplicarse. En países donde el pan llega a suponer el cuarenta por ciento de las calorías de las familias pobres, eso no es una cifra económica. Es hambre.
Este Capítulo 2 parte de ahí para contar la historia del alimento más importante del Mediterráneo. No el más famoso ni el más sabroso. El más importante: el trigo, el cereal que inventó el poder.
Porque el trigo tiene una propiedad que ningún otro alimento de su época tenía. Se puede contar, almacenar y, sobre todo, quitar. El primer Estado no nació de un ejército ni de un templo, sino de un granero — de alguien que controlaba quién comía y quién no.
En el episodio recorremos esa idea a través del tiempo:
El Egipto de los faraones, donde el grano se repartía en raciones y se medía la jornada de trabajo en pan y cerveza.
El relato del Génesis, primer libro de la Biblia, donde una hambruna se convierte en un contrato de servidumbre: primero se vende el ganado, después la tierra, al final el propio cuerpo.
Una línea que conecta a Roma con el París de 1789 y con Túnez en 2010 — porque las revoluciones del Mediterráneo han empezado casi siempre por lo mismo: el precio del pan.
Y el presente, donde apenas cuatro empresas mueven la mayor parte del comercio mundial de cereal. El granero sigue ahí. Solo ha cambiado de manos.
La comida nunca es solo comida. Es siempre, también, una decisión sobre quién manda.
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—Domenico






